Toda percepción del color es ilusión... No vemos los colores como son realmente. En nuestra percepción, se pueden transformar entre sí de manera tal, que dos colores distintos parezcan iguales, por ejemplo, o dos colores iguales, distintos, o los opacos parezcan transparentes y formas concretas se conviertan en irreconocibles. Este "juego" del color -el cambio de identidad- es el objeto de mi estudio.
domingo, 1 de mayo de 2011
Pensamiento II.
Yo aún la veo, ¿sabes? Y me duele (“mírale, qué delicia”). Puedo sentir su piel gritando y queriendo cruzar a este lado, puedo sentirlo. Le oigo hablar e intento mantener la atención en el entorno, cuerda y lógica en otras cosas. Si me quedo escuchándole retrocedo unos meses y me veo frente a lla, como el primer día, con la misma alegría. Igual (“¡se ha fijado en mí! ¡en mí que no soy nada!”). Le he querido tanto que me dolía, que temblaba sabiendo que sería imposible, pero así y todo amándole y llorando cuando no me veía, amándole y llorando a escondidas con la risa en la boca y el ojo pegado, aprovechando lo que sabía sería un regalo y un paréntesis que ni la lotería (“Dios mío”). Tomaba lo que podía darme y nunca pedía nada. ¿Para qué? ¿Me hacía falta algo más que ella me mirara, que se fijara en mí? Eso ya era bastante, en realidad era todo. Venía, se ponía a mi lado, me dedicaba su tiempo, me amaba. Y yo lo veía caer todo. Mi alrededor, mis dudas, mis prejuicios. Todo se caía al paso de sus manos sobre mi cuerpo. Le quería, cuánto le quería. Observarle era mi placer. Observarle sabiendo que era a mí a quien amaba. Era en mí en quien pensaba. Era conmigo con quien soñaba. Conmigo. Yo era su refugio, venía a mí, a mi regazo, y se restregaba oliéndome el tiempo suficiente hasta que se daba cuenta de que estaba a salvo, que aquello era todo suyo. Que debía serlo. Incluso hoy, cuando se me acerca, llega suave y llega despacio, sabe que entra en lo suyo, en lo cómodo, que estará bien. Sin avasallar, sin abuso. ella no sabe lo que es eso. Llega y le cambia el gesto, se le suaviza, pero sabe tan bien como yo que no debe retomar, que no se puede profundizar ni se debe (y aunque lo hubiese olvidado todo, no importaría, porque yo no necesito que ella me quiera, nunca lo necesité para amarle), pero está en sus ojos y en los míos, estar está. ella es el Tigre, el mismo que desgarró mi cuello con sus garras. Un tigre de ternura entre mis brazos. Yo no sabía que se podía llorar de felicidad, ni golpear el suelo de rabia. No sabía que dolería tanto y que no lo dejaría morirse jamás, que tendría ganas de vomitar el corazón, mirarlo, plantarle cara, obligarle a olvidar. Qué olvides. He dicho que dejes de dolerme. No. No lo sabía. Si lo hubiera sabido no hubiese importado, era ya tarde, siempre lo era, estaban sus ojos y sus manos que querían tocarme y pasar por encima de todo. Estábamos los dos, pequeños, solitarios, protagonistas de un movimiento de leve intensidad, mayúsculos en el amor (“no olvides nunca las noches que nos amamos”). Así que lo único que deseaba era que me abrazara y me dejara llorar en sus brazos. Sólo quería que él me quitara el dolor, que volviera (“correría hacia ti, pequeña”). No pudo ser (“a veces no basta con desearlo”). Cualquier abrazo me venía bien. Tardé cuatro mese en dejar de llorar al pensarle, cuatro. Así que déjame que te abrace que no te vendrá mal, y maldice tu suerte y maldícete a ti misma por tu mala cabeza y por tu idiotez. Y cuando te sientas ridícula avisa, que sonreímos y nos volvemos otra vez al mundo, a empujar un rato hasta que se te acaben las fuerzas, que aquí estaré. Sigo viéndole y sé lo que estás pasando. El amor, cuando es del bueno, ni siquiera tú podrás matarlo. Acostúmbrate al dolor y aprende a llevarlo. Es lo único suyo que te ha quedado.
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